Crecemos aprendiendo que el mundo que vemos “ahí afuera” se encuentra separado de nosotros. Percibimos el límite externo de nuestro cuerpo, la piel,  como la gran frontera entre “quién soy” y el mundo. Esta asunción implica creer que somos un cuerpo y nos impide ver una interconexión entre las experiencias que nos brinda el mundo y nosotros mismos. Pero, ¿y si no fuera así? Y no voy a ser yo quien te diga como es en realidad; más bien te invito a experimentarlo.

Lo más probable es que, de entrada, se nos confirme nuestra creencia. Eso es, si creo que estoy separada de todo lo que me rodea voy a experimentar separación. Si creo que todo en la vida se encuentra unido, voy a experimentar unidad. Pero aun para los más reticentes a ver un resquicio de interconexión en todo, ahonda la esperanza y la posibilidad, a fuerza de observar desde el presente, de empezar a experimentar algo distinto hasta el momento, a sentir poco a poco esta unión con todo lo que me parecía ajeno a mí.

¿Y qué ocurre cuando empiezo a experimentar que no estoy separada? Pues me doy cuenta de que el mundo, los demás seres, me hacen de espejo. Si pienso que no soy valiosa, me encontraré en situaciones en las que no se me valora; si no me escucho, viviré situaciones en las que, por un motivo u otro, mi voz no va a llegar a los demás (o así me lo va a parecer). Podría seguir dando muchísimos más ejemplos.  A medida que empiezo a valorarme, a escucharme, sentiré que el mundo me valora y me escucha. La respuesta que recibo del mundo es como un eco de mí propia percepción y me indica constantemente cómo me relaciono conmigo misma, que necesito transformar en mí para vivir una vida plena.

 

 

 

Cuando aprendo que no estoy separada del mundo y que no necesito defenderme de nada ni de nadie, cuando descubro que todo lo que me sucede tiene que ver conmigo (y mis programas inconscientes), entonces renuncio por fin  a querer cambiar al otro, empiezo a aceptar al mundo tal y como es, y dirijo la mirada hacia mí para ser yo quien se transforme.  Y es así que comienzan a llegar a mí vivencias distintas, algunas no me las hubiera imaginado nunca.  Me empodero y me despido del victimismo, que aunque cómodo me paraliza, puesto me impide sentir el poder que está en mí como ser cocreador de mi existencia.

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